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Niños Inteligentes

Los niños rebeldes y los límites

El niño necesita y desea un modelo de conducta que le permita orientarse, pero no imposiciones demasiado rígidas que le limiten.

Un niño de 4 años juega en la terraza de un bar entre las mesas y pasa corriendo por delante de un camarero que lleva una bandeja bien llena. La madre llama a su hijo y le explica por qué existe un peligro tanto para él como para el camarero: “si él tropieza contigo, puede caer. Es posible que se vierta el café que está muy caliente y que te queme a ti o a él. Es mejor que juegues en la hierba. Desde allí también puedes verme”.

Independientemente de la edad, el niño desea disponer de un modelo de conducta que le permita orientarse. No obstante, se opone contra un corsé demasiado rígido que se le impone con fuerza. No desea sentirse limitado en este marco; precisa espacio suficiente para jugar y experimentar, una libertad que le haga sentirse feliz y seguir desarrollándose. Si un niño de tres, cinco o diez años tropieza continuamente contra un muro, al final dejará de plantear preguntas y de investigar; así se atrofia su curiosidad.

Las pautas de comportamiento sirven para regular la vida en sociedad, pero también pueden ser cuestionadas. Incluso los pequeños de 2 años pueden mostrar mucha energía y encanto cuando se trata de ampliar su campo de libertad. Los niños desean poner a prueba los límites. Durante la edad del “no” y la pubertad disfrutan especialmente verificando la consistencia de los mandatos de sus padres.

Las hijas y los hijos no quieren ni deben ser solo buenos y obedientes ni aceptar lo que los adultos pretenden de ellos. No les hace ningún bien obedecer siempre, resignarse y considerar a los adultos como autoridades omniscientes. Todo lo contrario. Para poder desarrollarse como seres autónomos y seguros de sí mismos es mucho mejor que investiguen a fondo lo que pretenden los adultos; que aprendan a plantear preguntas críticas sobre el tema y que no se limiten a ser simplemente testarudos ante las pretensiones de los padres: “¿Por qué no puedo quedarme a dormir en casa de mi amigo?”, o bien: “¿Por qué no puedo jugar primero en el jardín y luego arreglar mi cuarto?”.

De esta forma el niño no sólo va aprendiendo de forma progresiva a cuestionar las normas de juego imperantes en la casa, sino que también va formándose una opinión propia y aprende a defenderla.

Los hijos y las hijas se dan cuenta muy rápido que no todas las reglas se dictan por su bien. Algunas son tan sólo fruto de un estado de ánimo o bien tienen como finalidad fomentar el poder de los padres. Tanto mejor que aprendan muy pronto a poner resistencia y a defenderse contra ellas y que se atrevan a decir las cosas por su nombre.

Los límites que imponen los padres no solo serán verificados en lo que concierne a su coherencia y adecuación, sino que serán siempre y puramente rechazados yo hago lo que quiero pues estás normas no son las mías

En consecuencia: lágrimas y discusiones sin fin, un proceso de aprendizaje importante tanto para los padres como para el hijo. Estas polémicas declaraciones son importantes. No son superfluas ni una pérdida de energía, sino que ayudan al niño o volverse independiente. Además, de esta forma aprende experimentalmente que el hecho de no respetar los pactos lleva implícito unas consecuencias.

A los niños no les gusta estar mimados y vivir entre algodones y hacer sólo lo que se les ordena, pero sí desean tener unos padres que saben qué hacer y lo que puede ser permitido y que saben también transmitir esta seguridad. Supongamos un niño de 8 años que debe tomar antibióticos por una infección de oído, pero que se niega a ingerir la medicina. Sus padres insisten con firmeza en el asunto: “En este tema no caben discusiones. Tienes que tomarte la medicina y basta. ¡Es lo que te va a curar!”. A pesar de su rechazo, el niño acaba aceptando la autoridad de los padres que tienen más experiencia en el tema. Si los adultos se sienten seguros de sus decisiones, los niños también captan este estado de serenidad y se sienten ellos mismos más seguros.

Todo niño desea tener padres predecibles y dignos de confianza y que también se toman en serio las normas acordadas. El niño acaba viendo con el tiempo y con experiencia que no todas las reglas, órdenes o prohibiciones son pesadas, arbitrarias o superfluas. “Yo no puedo hacer sólo lo que yo quiero. ¡No existe la libertad total de la mañana a la noche!”.

Los límites son medios de ayuda, pilares importantes para limitar el terreno de juego, para que el niño pueda moverse en él de una forma segura y protegida.